Sencilla encuesta sobre el uso de las TIC en el aula

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¿Quién me iba a decir que iba a acabar de profe?

Nací en Salamanca el 18 de septiembre de 1977, hace ya algún tiempo, como me recuerdan las canas que empiezan a salirme tozudamente en la barba.

Emisor

En mis años de escuela e instituto no destaqué precisamente por ser un buen estudiante. Más bien al contrario: pasaba más horas matando marcianos en el PC que delante de los libros. Tal vez fue eso lo que me orientó a estudiar Informática de Sistemas. El álgebra, el análisis matemático y la física me ganaron el pulso y tres años, unos millones de partidas de cartas y media depresión después, decidí pasarme a Filología Hispánica, una carrera en la que, de no ser por el Catalán y el Latín, me hubiera sentido como pez en el agua. Sí, un alumno de ciencias en una clase de letras puede ser el alumno más feliz del mundo. La verdad es que me descubrieron un mundo fantástico, lleno de historias, relaciones, ideas… que me fascinó desde el primer año. Conocí a profesores tan interesantes que hacían que ir a sus clases más que una obligación fuera un gusto, tanto, que en vez de sacarme la carrera en cinco años, me la saqué en cuatro. Me quedo con las clases de Perfecto Cuadrado (un tipo feo, gordo y bajito que no casaba para nada con el nombre) que se definía a sí mismo como un “predicador” y llamaba a sus clases “predicaciones”. Nunca mejor dicho. Si la clase duraba dos horas él hablaba sin parar dos horas y cuarto, sin embargo, te hacía reflexionar para toda la semana.

Estuve una temporada metido en la política estudiantil. No me gustó nada el ambiente que había en el departamento y en las propias asociaciones de estudiantes. Había demasiadas rencillas y redes tejidas como para que una persona que no las conocía no tocara algún tema tabú. No continué demasiado tiempo. Este hecho hizo que, una vez acabara la carrera me decidiera, en vez de seguir haciendo el posgrado y el doctorado, por la docencia. Otra gran aventura. ¡Yo de maestro!

Trabajo en el IES Capdepera desde ya hace la tira de años, parece como si nunca me hubiera ido de allí, pero la verdad es que cuando empecé a trabajar no hacía más que cambiar de centro y de alumnos. No es que me molestara, pero era difícil establecer algún vínculo con las personas (profesores y alumnos) con los que me he ido topando durante estos 7 años.

Dicen que los inicios nunca son fáciles, pero el mío no sólo fue fácil, sino que además fue reconfortante. Empecé dándole clases al hijo de unos ex vecinos de Palma, Javier. Casi podríamos decir que nos sacamos el bachiller juntos, puesto que me ofrecí a darle repaso de todas las asignaturas, así que estudiaba todo lo que a él le entraba. El “chaval”, que ya tiene veinticuatro años, hoy en día ha acabado traducción e interpretación estamos muy orgullosos de ello y acaba de ser padre de una maravillosa criatura.

Mientras le daba clases a Javi, me sacaba el curso para ser profesor. Las prácticas las hice en el mismo instituto donde estudié. Fue una lástima ver que había profesores que no se acordaban de mí, aunque también me pude reír de algunos otros que tuve, puesto que eran fuera de clase como me los había imaginado.

Compaginando las prácticas, seguía dando clases particulares. Poco después de acabarlas, una compañera de clase, que había estado ejerciendo en un instituto me llamó para cubrir su trabajo, puesto que le llamaban de la pública. Entré por primera vez en Santa María, un colegio concertado donde tuve que dar música, catalán, castellano y religión. Allí conocí al Director General de colegios del obispado Toni Ribot y a su mujer, una pareja encantadora de currantes natos quien me dieron trabajo en lo que considero mi segunda casa, el internado Almudaina, pero eso será más adelante.

Mi primera clase, como no podía ser de otra manera, un manojo de nervios. Treinta y dos chavales de primero de la eso que observaban al tipo raro con coleta, vestido de negro, con gafas que decían que era el sustituto de la de lengua. Ja. A éste nos lo merendamos. Diez gritos y dos collejas después todo había vuelto al sitio. A la semana ya nos llevábamos bien, podíamos hacer clase y ellos aprendían. Pasé hasta mi primer examen. Desde ese momento, hasta ahora, he tocado muchos institutos de los que guardo buenos recuerdos (y malos) de todos.

Ahora va a hacer tres años que me independicé, y vivo feliz y sobre todo tranquilo en una planta baja de Vilafranca de Bonany. Al principio todo el mundo me decía que estaba loco, que irme a vivir tan “lejos” me iba a complicar la vida, pero la verdad es que cada vez le veo más ventajas. No sólo está más cerca del trabajo, sino que además está a una distancia cómoda de Palma, lo que me permite meterme en el coche si quiero y que antes de darme cuenta ya esté allí.

Y así, llegué hasta donde estoy ahora. Dándolo todo por lo que más me gusta: mi aula, mis chavales, mi centro, intnetando meter mi hobbie (los ordenadores) en el aula de manera significativa en esa lucha titánica entre el libro e internet. Algún día tendré tiempo de sacarme la oposición y hacer de ese “mi” algo real.

Para acabar y resumir los últimos años, os dejo este vídeo. Espero que os inspire tanto como lo hizo conmigo: